viernes, 3 de junio de 2011

PAPÁ

No tenía en ningún caso, más de 11 años, puede que 10 incluso, porque aún vivíamos en la primera casa que alquilamos. Era viernes de madrugada, y entraste en la habitación de María y mía, y me despertaste. Serían las 5 de la mañana.
Me dijiste que tenía que levantarme, que nos íbamos de excursión. Mi madre me había dejado la ropa preparada, de abrigo, porque aún era invierno, no recuerdo el mes, pero hacía frío. Te pregunté sin demasiado entusiasmo a dónde íbamos y dijiste que era sorpresa, así que entré en el coche, y cuando desperté de nuevo, estábamos en el aeropuerto. Me habías prometido hacía mucho que ibas a llevarme a ver el zoo de Madrid, porque yo quería ser veterinaria, y de aquella ya me dejabas ponerle el suero a los cachorros que se nos ponía malos de parvovirosis. Fuimos a Madrid, al zoo, al museo del Prado, al parque del Retiro. Llovió y tuvimos que comprar en un puesto un paraguas de esos que cada gajo es de un color pero aún así nos mojamos, y comimos en una especie de parque de atracciones y pasamos todo el día por ahí, hasta que por la noche, nos vinimos de nuevo en un tren cama de esos con litera, yo dormía abajo y tú arriba, y jamás había visto un baño con ducha tan enano... Cuando volvíamos en coche, te dije que ya no me gustaba tanto el zoo, que me gustaban los animales por las montañas y por los bosques y por el mundo, como los corzos de Somiedo. Me dijiste: a mí también.
Ese es uno.

Siempre fuiste un padre al revés. Cuando era pequeña salieron de moda los cigarrillos de chocolate, de esos que imitaban a cigarros de verdad y podías hasta elegir Malboro o Camel, pero nunca me dejaste comprarlos, ni tampoco jugar a ninguna máquina de video juegos de esas que había de tetris o del super pang. Tampoco se admitían en casa revistas chorras, sí Super Ole, Comics, cuentos o libros de Alfaguara o Barco de Vapor. Sin embargo, siempre me dejaste usar navaja, cuando íbamos a pasar todos los fines de semana en Somiedo, me enseñabas a pelar ramas para hacerme bastones, y a hacer dibujos en la corteza de las ramas. - Hacia afuera-, me decías, -siempre la hoja mirando pa fuera-. Y siempre llevé una navaja en el bolso de esas de opinnel, o de taramundi, o unas que venían con un tenedor. Un día, de esos que estábamos en Somiedo, en la cuadra de teito que usábamos de cabaña por el verano cuando las vacas estaban por el valle, con una rama me hiciste un bote, del tamaño de una pila, con su tapita por un extremo. La abrí y había un escarabajo de esos que tiene mil colores. Otro día, era de noche, y me regalaste otro botecito. Dentro, guardaste una luciérnaga.
Ese es el segundo.

Dormíamos todos juntos, en sacos, encima de colchones alineados sobre la madera. Nos despertaste a todos los primos que estábamos y salimos de madrugada, eran como las 3 o cuatro de la mañana. Había dos caminos para ir al valle de Sousas, por abajo pasando por la cabaña del marinero o bordeando el valle por arriba. Fuimos por arriba. Teníamos que ir casi sin linterna y sin hacer ruido. Llegamos por arriba y nos tumbamos en el suelo, asomamos la cabeza y allí estaban abajo, una jauría de lobos en torno al río. Aullaban y bebían agua. Había montones. Por aquella época, aprendí a diferenciar con tus prismáticos corzos, y rebecos, y a caminar por la nieve con raquetas, y más tarde con los esquis rojos. Aprendí a hacer un iglú, a colocar de nuevo las piedras de un muro si al pasar las tirábamos, a ver las pisadas, a leer por las noches El Pequeño Vampiro, con la única luz que la de la chimenea.
Ese, es el tercero.

Por los veranos había en el pueblo,una semana para niños sobre la bici. Tenías que acreditarte con un dorsal, y todas las tardes había pruebas por edades, como subir con la bici por un trampolín, o enganchar en marcha aros suspendidos en el aire sin poder poner los pies en el suelo ni parar la bici. Era todo un recorrido de obstáculos y te cronometraban el tiempo y penalizaban las veces que apoyabas los pies en el suelo. Cada día había premios para todos, cosas que donaban las tiendas, juguetes, material escolar, o barajas de naipes del banco Herrero. Al final de la semana, el último día, era el más importante, el campeonato de los campeones, y los premios ya eran medallas o copas con una placa.
Uno de esos días, al acabar, a eso de las 9 de la noche, mi BH naranja, que ya había sido de mi hermano y luego de mi hermana, se rompió a la mitad. La barra de donde salen los pedales, estaba muy gastada de rozar con los bordillos, y aquel día al pasar por encima de uno, dobló y rompió. Fui hasta casa llorando, de la mano de mi madre que sujetaba como podía con la otra las dos partes de la bici. Era desastroso porque al día siguiente tenía competición y no tenía bici. Fuiste al taller esa noche, me soldaste la bici y le pusiste una barra de refuerzo, que cumplía además una función de tuning, ya que le daba un aire más coupé, y la pintaste con el naranja que utilizas de imprimación debajo de la pintura, que era un poco más cantoso, pero que quedaba estupendo, y cuando desperté por la mañana, tenía bici. Quizás tendría 6 o 7 años.
Este es el cuarto.

Podría seguir enumerando recuerdos sin cansarme, emocionándome como lo estoy ahora mientras escribo estas líneas, y renovando mis votos una y mil veces, para quererte como te quiero. No recuerdo sin embargo cómo era la bici flamante que me regalaron al hacer la comunión que tú nunca quisiste que hiciera, ni fuimos nunca a Eurodisney. Tampoco fuimos ninguna vez a Alcampo un sábado, que de aquella, parecía ser lo más divertido del mundo. Nunca tampoco me llevaste al Mc Donal's, ni fuimos de vacaciones a un hotel, jamás. Pero me llevaste a ver fuegos artificiales y amaneceres y dentro de una mochila de monte a esquiar cuando aún no caminaba. Supe montar una canadiense antes que cualquiera, y cruzamos en piragua el embalse de Riaño y nos bañamos en muchos ríos diferentes, con cascadas y sin ellas. Cuando compraste la moto grande sin que nadie lo supiera, fuiste a buscarme aquel día de verano a la piscina y me llevaste a dar una vuelta con un casco que te habían prestado y me enseñaste a tirar al tirachinas. Le ponías nombres a los perros que me hacían pasar vergüenza y luego nunca quería llamar a voces a Pirula, o a Marisolita, o a Chacho, porque me ponía colorada. Me animaste a hacer mil viajes, mil campamentos, mil excursiones, a vencer todos los miedos.

No te recuerdo diciéndome te quiero y no me recuerdo dándote las gracias. Por más que hago memoria, no encuentro ese instante, no tengo tu voz grabada diciéndome que me querías. Pero sin embargo, recuerdo con una nitidez impensable, el día que me regalaste aquel llavero de madera que habías tallao y que ponía mi nombre, la postal que me enviaste desde Sevilla que tan sólo ponía Te quiere: tu padre. recuerdo cada aprendizaje que hizo que en mi pirámide de amores, tú seas el rey. No echo de menos nada de lo que no tuvimos, y te doy gracias por esas ausencias. Te doy gracias infinitas por elegir junto a mamá lo que escogisteis, por ir a coger setas en vez de ir a comprar ropa, por ir al camping en vez de al resort. No echo de menos nada de lo que no tuvimos, porque tuve todo lo que soy ahora, porque las carencias de lo accesorio, de lo secundario, me hicieron comprender pronto lo importante.
Algunas veces, miro tus manos ajadas y destrozadas de 50 años entre el hierro, y me apetece cogerlas, y acariciarlas, y envolverlas con mi piel nueva y hacerles un traje. Porque tus dolores son los míos, tus miradas, son las mías, y tu rugido, ese que decidiste regalarnos a todos, ese que te llevó a cortar tus alas para dárnoslas al resto, es el faro que me guía, es mi kamchatka, es mi refugio al que volver.

64 años papá. Y renuevo mis votos de incondicional.
Y nos deseo mucho más, mucha vida más, mucho amor más.


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